Según Risto Mejide, nadie se cree celoso hasta que encuentra
algo que de verdad teme perder. A veces, una semana o un susto en el momento
menos esperado nos abren los ojos. Bueno, a lo mejor no nos los abren sino que
nos hace enfocar mejor lo que tenemos delante de nosotros.
Porque nos creemos muy listos, muy seguros y muy confiados
hasta que de verdad vemos que algo acecha a nuestra “zona de confort”… y claro,
ahí ya nos entra el miedo. Probablemente, ahí sea cuando sintamos 100% la
definición de “miedo”; cuando creamos que ya no hay vuelta atrás y que… o la
hemos cagado, o la han cagado por nosotros. Pero sea como sea: se ha jodido.
Como he dicho, otras veces solo se necesita una semana de
reflexión. Pero una semana de las que te hacen reflexionar sin que tú te des
cuenta, y cuando pasa dices: “Joder, todo lo que he aprendido”, y está bien
porque supone que no has aprendido a la fuerza ni porque lo tenías pensado.
Supone que lo que te rodea te ha hecho aprender. Puedes aprender de las historias que se
repiten una y otra vez pero no pierden intensidad, de las historias llenas de
nuevas oportunidades, de las que están cargadas de satisfacción, o de las que
siguen sin sobresaltos, también de las que parecen una montaña rusa y como no,
de las que están cansadas de otras historias.
El caso es que cuando aprendes de todas esas historias,
enriqueces la tuya propia. Y es igual de importante saber enriquecerla como saber
con quién quieres hacerlo.