Creemos que somos invencibles, que es muy difícil que nos
pase algo realmente malo. Creemos o, mejor dicho, queremos creer que somos intocables
y que al final todo nos saldrá bien. Creemos que podemos controlar todo lo que
pasa en nuestro mundo, que bastante tenemos con vivir con las injusticias del
mundo en general, con las guerras o la contaminación y… joder, al menos que
nuestro mundo esté bien. Y muchas veces creemos que eso significa tener dinero,
irnos de viaje, tener trabajo o aprobar los estudios, sentirnos parte de una
familia, encontrar a alguien que nos quiera y queramos de verdad… y, ¿de qué
nos sirve todo eso si nos falla lo más esencial?
A veces es curiosa la manera que tenemos de enfrentarnos a
la enfermedad o la muerte, como si no fuese con nosotros o como si no nos fuese
a ocurrir nunca. Pero es que un día estás aquí y mañana, ¿quién sabe? Porque
nuestra historia en parte está escrita y en parte, la escribimos nosotros;
pero… ¿quién conoce el final? No sabemos ni cuál es, ni cuando vendrá.
Y puede que esta sea la “gracia” de la vida, pero es que a
la vez es la oportunidad que tenemos de vivir intensamente, de involucrarnos
con lo que hacemos, de ponerle ilusión a lo que tocamos y cuando tocamos no
me refiero solo a cosas. También y, sobre todo, hay que ponerle ilusión a las
personas tanto a las que vemos un millón de veces en nuestra vida como con las
que vamos a pasar 10 minutos. Hay que intentar dejarlas una marca, por pequeña
que sea, dejar un recuerdo porque al final… son los únicos que no se borran.
Hay que sentirse vivo por tener la oportunidad de rodearte de personas con mil
historias detrás, con personas que amaremos su forma de ser y con otras, que
por suerte o desgracia, son incompatibles con nosotros. Porque si no hacemos
eso, si no ponemos ilusión a la gente que conocemos y nos conoce o que
conoceremos y nos conocerán… ¿de qué sirve todo lo demás?