lunes, 23 de enero de 2017

Cabrearse es fácil, sabes que tarde o temprano se va a acabar pasando y después solo sentiremos alivio y ganas de no seguir cabreado. Un cabreo suele ser por algo puntual, algo que nos ha dolido, que nos ha encendido y nos ha hecho chocar con otra persona o con algo… la mayoría de las veces, los cabreos son por chocar contra cosas que no podemos corregir.
Decepcionarse duele más y, normalmente, viene acompañada del cabreo. Lo jodido es que el cabreo nos abandona antes o después y la decepción… no. La decepción se queda, se hace un hueco con nosotros y no está dispuesta a abandonarnos a la primera de cambio. El cabreo hasta nos da fuerzas, pero la decepción nos las quita. Nos deja cansados, abatidos, nos deja con un peso que solo el tiempo será capaz de descargarnos de la espalda. Quizás la paradoja de la decepción, como de muchas otras cosas en la vida, es que no suele ser por nuestra culpa. No la buscamos, ni la llamamos… simplemente, viene ella sola y joder, que manera de quedarse.

Después, ¿qué nos queda?... ¿vivir con ella o intentar quitárnosla? 

 Ni aunque me lo hubiesen contado con pelos y señales todo lo que me ha ocurrido este año me lo habría podido creer. He estado muy mala, lo ...