domingo, 20 de agosto de 2017

Hace un mes tuve la suerte de pasar 5 días en Londres, en una ciudad que no conocía aparte de haberla visto en fotos dos o tres veces; pero lo mejor no es eso. Lo mejor es que lo compartí con mi persona favorita. Lo mejor es que tuve la suerte de andar por sus calles, de sentirme guiri por unos días, de despertarme por la mañana sin saber si lo que vería ese día me gustaría más o no, o de si no me gustaría nada.
Tuve la suerte de encender una vela en la abadía de Westminster para pedir mi deseo, contigo. Comí en un parque justo debajo del London Eye, monté en metro todas las veces que quise, me enamoré de las casas de colores de Nottin Hill, comí fish and chips, me sorprendí con Canden Town y mira que ya me habías dicho que era muy bonito, me monté en los autobuses de dos plantas y casi me caigo, me comí un brownie en sus puestos, vi la casa de Sherlock Holmes porque soy una friki  y me sorprendí con la de gente que había cantando en la calle como si formasen parte del decorado y, sobre todo, de la ciudad. Como si supiesen que ese era su sitio.

Fueron solo 5 días, pero probablemente los mejores y lo que llevaba esperando todo el año. Disfruté, miré con detenimiento lo que tenía alrededor, reí hasta que lloré y también me enfadé alguna vez porque nadie me avisó que la convivencia es así. Pero no cambiaría ni un solo segundo, ni un minuto, y tampoco te cambiaría a ti. Expertos en sentirnos diferentes a lo que nos rodea, en imaginar el futuro, en decir las cosas claras, en dejarnos sorprender con cualquier tontería y en disfrutar de las pequeñas cosas que tiene la vida, porque sean cuales sean están ahí para ser disfrutadas y no podemos privarnos de ello. Ni podemos ni debemos.

 Ni aunque me lo hubiesen contado con pelos y señales todo lo que me ha ocurrido este año me lo habría podido creer. He estado muy mala, lo ...