Hace un mes tuve la suerte de pasar 5 días en Londres, en
una ciudad que no conocía aparte de haberla visto en fotos dos o tres veces;
pero lo mejor no es eso. Lo mejor es que lo compartí con mi persona favorita.
Lo mejor es que tuve la suerte de andar por sus calles, de sentirme guiri por
unos días, de despertarme por la mañana sin saber si lo que vería ese día me
gustaría más o no, o de si no me gustaría nada.
Tuve la suerte de encender una vela en la abadía de Westminster
para pedir mi deseo, contigo. Comí en un parque justo debajo del London Eye,
monté en metro todas las veces que quise, me enamoré de las casas de colores de
Nottin Hill, comí fish and chips, me sorprendí con Canden Town y mira que ya me
habías dicho que era muy bonito, me monté en los autobuses de dos plantas y
casi me caigo, me comí un brownie en sus puestos, vi la casa de Sherlock Holmes
porque soy una friki y me sorprendí con
la de gente que había cantando en la calle como si formasen parte del decorado
y, sobre todo, de la ciudad. Como si supiesen que ese era su sitio.
Fueron solo 5 días, pero probablemente los mejores y lo que
llevaba esperando todo el año. Disfruté, miré con detenimiento lo que tenía
alrededor, reí hasta que lloré y también me enfadé alguna vez porque nadie me
avisó que la convivencia es así. Pero no cambiaría ni un solo segundo, ni un minuto,
y tampoco te cambiaría a ti. Expertos en sentirnos diferentes a lo que nos
rodea, en imaginar el futuro, en decir las cosas claras, en dejarnos sorprender
con cualquier tontería y en disfrutar de las pequeñas cosas que tiene la vida,
porque sean cuales sean están ahí para ser disfrutadas y no podemos privarnos
de ello. Ni podemos ni debemos.