Cabrearse es fácil, sabes que tarde o temprano se va a
acabar pasando y después solo sentiremos alivio y ganas de no seguir cabreado.
Un cabreo suele ser por algo puntual, algo que nos ha dolido, que nos ha
encendido y nos ha hecho chocar con otra persona o con algo… la mayoría de las
veces, los cabreos son por chocar contra cosas que no podemos corregir.
Decepcionarse duele más y, normalmente, viene acompañada del
cabreo. Lo jodido es que el cabreo nos abandona antes o después y la decepción…
no. La decepción se queda, se hace un hueco con nosotros y no está dispuesta a
abandonarnos a la primera de cambio. El cabreo hasta nos da fuerzas, pero la
decepción nos las quita. Nos deja cansados, abatidos, nos deja con un peso que
solo el tiempo será capaz de descargarnos de la espalda. Quizás la paradoja de
la decepción, como de muchas otras cosas en la vida, es que no suele ser por
nuestra culpa. No la buscamos, ni la llamamos… simplemente, viene ella sola y
joder, que manera de quedarse.
Después, ¿qué nos queda?... ¿vivir con ella o intentar
quitárnosla?
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