domingo, 24 de marzo de 2019

Admiro muchas cosas de las que me han enseñado en casa, pero sin duda una de las cosas que más admiro de mi madre es enseñarme a perdonar.
Y creo que eso tan tan básico y tan tan esencial de la vida que si no te lo enseñan en casa... vas jodido para siempre. Ella siempre me ha enseñado a conceder segundas oportunidades, a saber que si el vaso está lleno hay que tener la comprensión y la valentía de cambiarlo por otro, me ha enseñado a no quedarme a vivir en el rencor. Sin duda, siempre la estaré agradecida por eso.
Muchas veces la rabia, el cabreo, el rencor inundan nuestra vida y nuestros sentimientos y no nos dejan ver más allá, nos cegamos con que eso es lo que está bien. Poco nos importa lo que piensen los demás. Pero cuando las cartas están sobre la mesa, o vas con todo o te vas corriendo.
Gracias mamá por enseñarme a reconocer mis errores (a veces cuesta más con uno mismo que con los demás), a tener la valentía para decirme a la cara que hay que mejorar y, sobre todo, a tener la bondad de perdonar. Pero perdonar de verdad, de corazón. Y, por último, gracias mamá por enseñarme que un perdón no vale nada si uno no pone de su parte. Porque sino, ahí sí que estamos condenados al fracaso.

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