Desde que tú estás no me siento tan frágil, ni tan insegura,
ni me da miedo equivocarme. Desde que tú estás he aprendido a ser más fuerte y,
sobre todo, a ser más paciente porque una relación, sea del tipo que sea, sin
paciencia al final no es una relación sana y porque la paciencia nos hace
mejores y nos enseña a esforzarnos. Desde que tú estás aprendo cosas nuevas
cada día y, sobre todo, aprendo de ti. Desde que tú estás me he limitado a
sentirme orgullosa de ti, de contar con alguien como tú para salvarme de los
días malos y regalarme todos sus buenos. Desde que tú estás no me importa si es
invierno o verano, y siempre he sido más de invierno, pero tú me has enseñado
la magia del verano, la magia de una tarde en un parque tumbada. La magia de no
que no importa el lugar, sino la compañía y que si la compañía es la nuestra…
siempre se estará bien.
Desde que tú estás no conozco la soledad porque no me dejas
sentirme así, ni las llamadas aburridas (ni que duren menos de una hora), ni
las mañanas sin un “buenos días”. Desde que tú estás no me preocupo por el
mañana y vivo más en el hoy, y desde que tú estás me gustan las pequeñas
montañas rusas de esas que hacen que dos personas diferentes encajen. Desde que
tú estás las cosquillas tienen sentido y los viajes en coche son siempre los
más divertidos, suene la música que suene. Desde que tú estás me da miedo
perder a alguien, y me da aún más miedo perdernos a nosotros. Desde que tú
estás soy más curiosa, miro con detenimiento a la gente y me he vuelto algo más
inconformista con algunas cosas y más conformista con otras tantas. Desde que
tú estás hay más risas, más canciones, más sitios nuevos, más comidas
desconocidas, más planes diferentes, más fotos para el recuerdo, más vida…
Siempre más. Siempre sumando.
Y desde que tú estás solo puedo sentirme afortunada por todo
esto y mucho más. Gracias por “ser”
desde que “estás” hace 18 veintisietes.
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