jueves, 14 de junio de 2018

Quizás lo peor de enfadarnos con alguien o algo no es el cabreo en sí. Porque un cabreo puede durar más o menos tiempo, conozco cabreos de 10 minutos y otros de días. Pero, seguramente, lo peor del cabreo es lo que ocurre tras él. TodoTlo que trae consigo. Todo lo que arrastra con él. Todo lo que deja.
No conozco ninguno que haya pasado desapercibido, porque si tras un cabreo no sientes nada es porque no ha sido un cabreo y lo más probable es que haya sido un pique. Pero si es de verdad, sentiremos rabia, muchísima rabia de hecho. Y, después, vendrá su prima hermana la decepción. Y ella aparece cuando nos paramos a analizar exactamente por qué nos hemos cabreado y qué hemos hecho o podemos hacer al respecto.
La decepción seguramente se quede con nosotros para siempre en esos cabreos en los que entendemos que es imposible la negociación con la otra persona, que nunca habrá un acuerdo, que podríais repetir la misma discusión 1000 veces y seguiría siendo la misma. Y eso duele, nos deja deshinchados, sin ganas y con millones de preguntas en la cabeza.
Lo que queda después es comernos la decepción con patatas, dejar que pase o, bien, que se nos olvide. Y con suerte mañana o pasado pensaremos que fuimos tontos por cabrearnos y más tontos aún por decepcionarnos. Nos diremos que hemos sido exagerados, injustos y un poco dramáticos. Y así, hasta la próxima vez. Hasta que el bucle empiece de nuevo. Hasta que un día nos cansemos de la pescadilla que se muerde la cola...

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